Se sorprendío al ver su reflejo, primeramente idéntico a ella, devolverle una mirada completamente ajena, ese ya no era su reflejo.
En realidad, lo que desapareció fue la luz. El farol se había apagado repentinamente, impidiéndole ver el reflejo. Ni la más preciosa estrella podía iluminar la escena ahora.
-¿Qué vas a hacer?
-No lo sé... dejáme pensar.
-¿Qué vas a hacer?
-Calla un segundo, dejáme pensar.
-¿Qué vas a hacer?
-¡Por favor, dejáme sentir!
Silencio.
Y pensó y sintió, pensó y sintió, una y otra vez. Llegó entonces el frío, ese que viene incluso en las cálidas noches de verano, y la abrazó. Deseó refugiarse en el interior de su amada vitrina, pero estaba aún más fría, se apoyo de espalda a ella pensando que el ligero contacto con su piel terminaría por entibiar la superficie, pero esto sólo ocasiono un profundo dolor en sus abiertas heridas.
Los pensamientos y los sentimientos la inundaban; rebalzaron de ella como el agua al superar los límites. Lloró hasta que la menor de las estrellas, asustada, volvió a casa.
Entonces entró. Todo lo que amaba estaba ahi, tan hermoso como siempre, alzo su mano para tocarlas pero apenas lo hizo todo fue caos.
Y el caos ocupo el espacio que dejaron los pensamientos y los sentimientos. Corrió, corrió tan lejos como pudo, aunque apenas se alejó lo suficiente para dejar de ver su amada vitrina.
La había dañado, en medio del caos había dañado su preciada vitrina. El frío era intenso, su respiración rápida y asustada escapaba en abundante vapor. Y ella había dañado su vitrina.
¿La encontraría otra vez?, ¿Le permitirían entrar otra vez?, ¿Le harían más injurias que la vez primera?, muchas cuestiones se arremolinaban en su mente. Caos y miedo.
Espero un día, y otro, y otro... armándose de valor para volver y mirar. Sus heridas detuvieron su curso, como esperando.
Por fin, regreso y esta vez traía una respuesta.
-Vengo a buscar lo que amo.
No le respondió al reflejo que, impaciente e incrédulo, la miraba desde la luminosa superficie. Se lo dijo al lugar, ese lugar ahora escondido y distante.
Las ventanas se abrieron, dejándole ver las cosas más superficiales, pero no abrió la puerta ni mostro todo lo que era. Como un gatito miedoso.
-¿Y ahora?
Su intransigente reflejo la escrutaba.
-Esperaré.
Y se sentó en el piso, sin tocar lo que tanto anhelaba.


