Amo las palabras.
Las amo con suavidad y cariño
como se aman las cosas bellas.
Amo las palabras
las amo, también, con deseo,
con muchos deseos y pasión.
Amo las palabras como las amaría un sordo.
Y las respeto.
Temo terriblemente a las palabras, temo herirte
y herirme.
Odio el silencio.
Ese silencio vacío, no el íntegro.
Amo el silencio cargado de palabras.
Y amo las palabras cargadas de silencio.
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viernes, 9 de septiembre de 2011
jueves, 14 de julio de 2011
Palabras
"Las palabras son la magia más poderosa que podemos hacer. Pueden herir tremendamente, o bien, sanar."
Estan frente a ti... ¿Porqué no las recibes?.
No quiero seguir golpeandote con ellas... No más, por favor.
Al menos... ¿Recibes lo que intento transmitir?.
No quiero seguir golpeandote con ellas... No más, por favor.
Al menos... ¿Recibes lo que intento transmitir?.
sábado, 28 de mayo de 2011
Ríe.
martes, 3 de mayo de 2011
Mi primer Haiku.
lunes, 2 de mayo de 2011
Siguiendo mi tématica anterior, les presento un ensayo escrito por Rosemary Mills, Supervisora de la Residencia Balgoman en Kent, en el año 1985; para el concurso al Premio al mejor ensayo sobre Enfermería de Society of Geriatric Nursing del Royal College of Nursing.
Los invito a reflexionar...
Ruego apasionado a una futura enfermera
Voy a presentarme porque en el año 2010 cumpliré 70 años y seré una anciana, tal vez paciente suya. Como quizás entonces ya no podré expresarle mis deseos, aprovecharé para decirle ahora como me gustaría que me trataran.
En primer lugar quisiera preservar mi identidad. Soy la Sra. Rosemary Mills y así deseo que me llamen. No quiero que se refieran a mí como “la Abuela” o “Rosa” o “la Sra. De la cama 9”. Respondo al nombre que resulta más familiar, el mío, Sra. Rosemary Mills.
Mi mundo se hará mucho más pequeño en la sala de internación, por eso le pido que comparta su mundo conmigo. Hábleme de su familia, de sus amigos o de cómo pasó su día libre. Déjeme contarle mi ayer y trate de manifestar un interés genuino cuando le digo todos los días lo mismo.
Tener una vida privada y tener momentos de soledad será algo sumamente importante para mí. Podría darme una habitación individual? Como probablemente no será posible, le pido por favor que corra las cortinas alrededor de mi cama cuando vaya a lavarme o vestirme. Si tiene que bañarme quisiera que respetara lo más posible mi intimidad y mi dignidad. Si no pudiera vestirme por mí misma, me gustaría que cuide lo más posible mi apariencia; por favor, en las medias, no me haga un nudo sobre la rodilla.
Durante el día, podría haber algunos momentos de silencio?. No es necesario dejar el televisor encendido permanentemente aunque nadie lo mire.
A la hora de comer, si no puedo cortar los alimentos, espero que lo haga por mí. Si es necesario, comeré con una cuchara, pero en ese caso, sírvame en un plato hondo para no tener que luchar largo rato antes de atrapar un trozo que resbala. Podría darme una servilleta?. Puede ser de papel, pero decididamente no me ponga un babero. No me rete cuando se me vuelca el té, ni suspire con impaciencia porque hago todo muy lentamente.
Si ya no puedo controlar mis esfínteres, sígametratando como a un ser humano. Trate de no fruncir la nariz en señal de disgusto cuando vean que mojo la cama, no me llame sucia, ni me avergüence, no crea que lo hago a propósito. Espero que me ponga pañales especiales y no una sonda para comodidad de ustedes. No quiero caminar en compañía de una bolsa de orina.. Sería una curiosidad para mis nietos y una vergüenza para mí.
Será muy amable si Ud. manifestara interés por mi familia, mis fotografías o mis nietos cuando vienen a verme, pero sería muy descortés si me preguntara por qué mi hija no se ocupa de mí oporqué mi hijo y su familia no me ofrecen su casa. Tal vez esté demasiado inválida para que ellos puedan cuidarme o quizás no estén preparados para intentarlo; de cualquier forma no querré que me lo recuerden.
Si perdiera mi lucidez y no entendiera lo que quiera, por favor no me grite, porque sólo conseguirá asustarme y confundirme más, hasta podría ponerme agresiva; por favor tráteme con amabilidad porqué así sí la voy a entender.
Parece que mis deseos y necesidades no tienen fin, pero en realidad son muy simples. Sólo quiero calor, comer bien y una persona bondadosa que me cuide.
Le he dado mucho en que pensar y temo que no solamente tendrá que pensar en mí, sino también en lugar mío. Si Ud. estuviera internada durante tanto tiempo, acaso no pediría lo mismo?
Los invito a reflexionar...
domingo, 3 de abril de 2011
Indirectas
Vuelvo a citar esto de mi hermana Pachan Lukusa, pues creo que fue asertiva:
.... las indirectas ..... sip , lo reconozco , yo uso la indirecta pero eso no quiere decir q no sea honesta o que no diga las cosas cuando deba , sino que melosamente hablando, a muchas mujeres nos gusta que a nuestros hombres recios les NAZCAN las cosas y no las hagan como un DEBER porq se lo ordenamos , entonces cuando nose queremos una atencion , ya sea regaloneo , beso , chocolate , invitacion a salir , etc , esperamos q les nazca ,que usen la empatia .... cuando se empiezan a demorar , te empieza nacer la venita gruesa pos , y entonces en nuestro desesperado intento por no enojarnos con ellos, vamos y le damos una ayudita con nuestra sutil indirecta ... y en ese momento , PUF! q la esquivan!!! XD ... y te quedan mirando con cara de ¿qué pasó? .. entonces nos ponemos directas y que hagan lo que queriamos pierde un poco su gracia XD , pero eso es solo a veces , es un detalle lindo q quieren q les diga pos...
pero asi y todo los keremos , adoramos y algunos afortunados pues los amamos ^^
Te quiero cabra lesa n_n
viernes, 27 de febrero de 2009
Continuidad de los parques -Julio Cortázar-
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
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