miércoles, 11 de marzo de 2009

Una nube


La melodía sonaba en su cabeza, repitiéndose una y otra vez.

Subió a su cuarto y encendió la luz suave. Se sacó la ropa, se colocó su pijama y se metió a la cama. La textura de las telas le era tan agradable que tan sólo se dejó envolver por ellas. Frente a su cama está ubicada la más grande de las dos ventanas que posee la habitación. Aquella noche no cerró las cortinas y podía ver la fresca noche caer sobre Brethil Ilwë, el clima era ideal: ni muy frío, ni muy cálido, y con un suave viento atravezando el aire. Sus ojos se posaron en la ventana cuando los violines hacían su entrada y justo en ese momento la vió, una estrella pequeñita en aquel pedazo de cielo que enmarcaba la ventana, justo al frente, no tenía que moverse ni un ápice para verla perfectamente.
Se preguntó cuánto hace que esa estrella se podía ver tan bien desde ahí y porqué no la había visto antes. El ritmo acabó su tonada desafiante para entrar en la más dulce y sútil. Preguntándose estas cosas y reflexionando otras, comenzó a parpadear más lentamente, y sin querer hacerlo siquiera sus ojos se cerraron, fue sólo un instante, entonces fue el turno de las trompetas y sus ojos volvieron a abrirse buscando la ultima imagen que habían visto al cerrarse: la estrella. Pero ya no estaba. Se incorporó sobre su cama y miró a través del vidrio. No estaba. Sin entender mucho volvió a acostarse y pronto concilió el sueño, en su cabeza aún cuestionandose lo que acababa de pasar.

Al día siquiente llovió durante la mañana y hasta las primeras horas de la tarde.
Ya no recordaba que había desaparecido la estrella cuando había cerrado los ojos, los días siguientes la estrella se dejó ver hermosa sobre el manto negro azulado. Esa noche una nube caprichosa había tapado a la pequeña estrella. Pero no se dió cuenta de eso hasta la siguiente lluvia. Fue sólo una nube y la melodía acabó.

viernes, 27 de febrero de 2009

Continuidad de los parques -Julio Cortázar-


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.


Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.